No supe lo que decían sus palabras hasta que no las oí retumbando en mi cabeza, fue un reproche en toda regla, un llanto ya sin lágrimas desgastado por el tiempo y por la espera, una bofetada fría y seca que me abrió los ojos para descubrir que ya era tarde. Había soltado mi mano de la suya, había dejado de mirar hacia atrás a cada paso para ver si estaba ahí.
No, nunca lo hice queriendo y creo que es evidente, porque no se concibe que pueda, a propósito, deshacerme de alguien a quien tanto he querido y quiero.
Simplemente sucedió, dejé de oír su voz y ver su rostro cada día, sus risas y pensamientos dejaron de sonar en mis oídos, se convirtió en vida en un recuerdo muerto que sólo me llamaba de vez en cuando y al que yo mal que tarde respondía.
Estoy cansada de disculparme y de pensar, estoy cansada de oírme y de que todo haya cambiado, estoy cansada de odiarme como seguro tú me odiaste al esperar.
Hay mil excusas y no hay ninguna, porque yo no quería agobiarte y no podía quererte sólo para mí, y quería seguir un camino que ya no me gusta si no estas recorriéndolo conmigo.
Quizás haya cambiado, quizás seas tú quien ha cambiado, quizás siempre fui así y tu tardaste en darte cuenta o quizás todo esté igual pero al revés y nosotros colgados bocabajo.
No sé si estoy recogiendo lo que sembré, nunca tengo nada claro, pero sé que de nada me servirá andar si tú no estas al otro lado.